Crónica 1
VIAJE AL CORAZÓN DE
LAS TINIEBLAS
I. El médico.
“El
problema número uno del Congo son las violaciones”, dice el doctor Tharcisse.
“Matan a más mujeres que el cólera, la fiebre amarilla y la malaria. Cada
bando, facción, grupo rebelde, incluido el Ejército, donde encuentra una mujer
procedente del enemigo, la viola. Mejor dicho, la violan. Dos, cinco, diez, los
que sean. Aquí, el sexo no tiene nada que ver con el placer, sólo con el odio.
Es una manera de humillar y desmoralizar al adversario. Aunque hay a veces
violaciones de niños, el 99% de las víctimas de abuso sexual son mujeres. A los
niños prefieren raptarlos para enseñarles a matar. Hay muchos miles de niños
soldado por todo el Congo”.
Mario Vargas Llosa
Crónica 2
DISCULPA, TIENES UN BICHO EN TU BOCA
En el sur de México un bocado
de saltamontes no es una extravagancia, ni una atracción para turistas: es una costumbre
en vías de extinción. Nos alimentamos de plantas diseñadas en laboratorio, bebidas con ingredientes peligrosos y
peces con mercurio.
¿Por qué tanto asco para masticar un insecto?
¿Por qué tanto asco para masticar un insecto?
Estoy
parado frente a un espejo y me aterra la idea de encontrar la pata de un
insecto entre mis dientes. Acabo de masticar un diminuto animal de seis zancas,
caparazón alargado y un color pardo brillante. Sólo probarlo es un triunfo de
la diplomacia emocional: que el símbolo culinario de un pueblo ajeno deje de
ser una barrera en tu cabeza. Estoy parado frente al espejo, porque en un rapto
de entusiasmo se me ocurrió observar con detenimiento un segundo bocado
acercándolo a una lámpara y de pronto un espasmo eléctrico hizo que se me
cayera de las manos. Fue como si mi cerebro y mi paladar funcionaran por
separado, de modo que la imagen de ese artrópodo muerto anuló por completo su
agradable sabor a hierba tostada. Sobre la mesa de la habitación queda una
bolsa transparente con cien insectos más, listos para crujir entre mis dientes,
y otra con una sal anaranjada hecha con la misma clase de caparazones, antenas
y patas molidas. Estoy parado frente al espejo porque mi novia acaba de ver por
Skype que meto en mi boca un animal muy parecido al que detona sus fobias y se
ha tapado la cara de espanto. Ella, que ha comido gusanos vivos en la selva del
Perú, no admite que esto pueda ser una delicia. Ahora, frente al espejo, debo
convencerme otra vez de que ya pasé mi Rubicón, esa frontera imaginaria.
David
Hidalgo
Crónica 3
VARGAS LLOSA Y EL POLICÍA QUE QUERÍA DEPORTARLO
¿De qué sirve ganar el Premio Nobel si un
guardia te impide cruzar una frontera?
Un día en la frontera
entre Jordania e Irak un soldado le preguntó a Mario Vargas Llosa si él era el
Premio Nobel de Literatura. Era 2003, hacía más de cuarenta grados de calor, y
el escritor viajaba en un vehículo sin aire acondicionado. Llevaba al menos
cinco horas varado detrás de una larga fila de coches y tanques que llevaban
varios días esperando cruzar esa zona de conflicto. Lo acompañaba su hija, la
fotógrafa Morgana Vargas Llosa, quien lo secundaba en la aventura de hacer un
reportaje sobre el país de Sadam Hussein, entonces en guerra con los Estados
Unidos. Un rato después, el mismo soldado asomó la cabeza por la ventanilla del
coche y preguntó en francés: «Où est le Nobel Prix?». Vargas Llosa iba a decir
la verdad. No, no era el Nobel. Algunos eruditos de las decisiones de la
Academia Sueca incluso advertían que jamás lo sería. Aquel soldado no era
clarividente, pero en aquella frontera había suficientes voluntarios y funcionarios
de ONGs españolas que tal vez hayan reconocido al escritor. Quizás por eso a
sus oídos hubiera llegado un rumor que traducido de boca en boca en aquella
sofocante Babel se convirtiera en una involuntaria predicción. La escena
sucedió siete años antes de que ganara el premio. Hoy la recuerda su hija, una
tarde en su departamento frente al mar de Lima. —Papá, cállate o te
mato—le dijo ella—. ¿A quién le importa si es verdad o no? Tú eres el
Nobel por el día de hoy. Al falso Nobel y a su acompañante se les concedió el
privilegio de pasar a una sala donde había un ventilador. «Un ventilador —diría
él años después— me salvó del infarto». Allí pudieron recuperarse de la espera.
Pronto los soldados les abrieron un paso preferencial entre el caos de vehículos
en fila y, con ese privilegio diplomático, pudieron abandonar aquel atolladero
en uno de los lugares más violentos del planeta. Ser el Premio Nobel de
Literatura tuvo allí el mismo efecto que un salvoconducto humanitario.
Paola Ugaz