lunes, 8 de septiembre de 2014

Crónica: EN LA CIMA DEL ESFUERZO

Ya convertido en un despojo humano, la droga le sirve de combustible para soportar el dolor, pero aun así él continua. Con un esfuerzo casi increíble ha logrado llegar finalmente al campamento V, donde sus compañeros le daban por muerto, él sabe que el descenso de la montaña no ha terminado y que alcanzar la gloria exige grandes sacrificios. Así es como perder dos dedos de los pies puede parecer ser un justo intercambio si se compara con la experiencia que ganará al terminar esta aventura.

Fue en 1953, cuando Hermann Buhl, un austriaco de 29 años, considerado uno de los más grandes escaladores de Europa, se adentró en una de las aventuras más emocionantes de su vida y la cual casi le cuesta la misma. “Nanga Parbat”, es el nombre de aquella montaña, que sería el lugar de tales situaciones tan impresionantes.

A fines de Junio, un mes después de la partida, el encargado como jefe de la expedición, Henry Herrligkoffer, tomó la decisión de ordenar la retirada del grupo, pues ya se había confirmado la proximidad del monzón.   En este momento Buhl continúa su recorrido acompañado únicamente de Kempter, con el que logra llegar hasta los 6.900 metros, donde instalan el campo V. A la hora prevista Buhl es el único que despierta, y por ello, parte en solitario. Más adelante el cansancio hace presencia, Buhl deja su pesada mochila y confía en que una cantimplora llena con infusión de coca y un puñado de píldoras les será suficientes. 

Él sigue avanzando, se desploma una y otra vez pero continua, su convicción es incomparable, a gatas consigue acercarse cada vez más a la cima. Ahora ya se detiene, mira el reloj y toma apunte de esa hora, pues al fin está parado en la cumbre del Nanga Parbat, lo ha conseguido y son las siete de la tarde. 

Es hora de volver, Buhl empieza el descenso, cae la noche y busca un lugar para descansar, éste no lo encuentra, tan solo hay una repisa en donde ni siquiera uno se podría sentar pero a él no le queda de otra que quedarse ahí. A la mañana siguiente, durante el retomado descenso, el alpinista siente que no está solo, algo o alguien lo acompaña, una sensación muy extraña quizás, pero que suele ser común en los escaladores al encontrarse en situaciones de tales riesgos. 

Por unos instantes el tiempo pierde su importancia, pues el dolor y las ganas de desplomarse se vuelven más grandes ahora. Con el alma entre las manos y a punto de desfallecer, es que Hermann Buhl logra volver al sitio en donde sus compañeros le habían dado por muerto, después de 41 horas este no sería el final de su aventura, aún le quedan recorrer los desmantelados campos de altura  y el mal tratamiento de sus congelaciones, lo que ya no sería un mayor problema para el admirable alpinista.

OMAR VELASQUE QUISPE
2DO AÑO - T.MAÑANA

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